
Al Madrid le falló el disfraz de lobo siberiano en el último balón del partido: un centro a la olla, dos rebotes de cabeza y un sueco fusilando a Casillas. Ese despiste con el tiempo cumplido dejó en tablas el duelo de ida entre CSKA y Real Madrid en Luzhniki (1-1) y las espadas en todo lo alto. Los de Mourinho lo hicieron casi todo bien, hasta sobreponerse a un mal arranque, pero en ese último balón se complicaron la existencia de una manera absurda.
Salió el Madrid timorato ante el airecillo que corría por Moscú, como con miedo a agarrarse un constipado. El CSKA, bien guiado por un Dzagoev que en el arranque fue una pesadilla entre líneas, apretó de lo lindo sabiendo que su falta de rodaje (la Liga rusa está de parón) lo iba a acusar en la segunda parte, así que entre la torrija blanca, la leña inmisericorde de los rusos en el centro del campo con el árbitro mirando para otro lado y el susto morrocotudo por la lesión muscular de Benzema, fruto de un calentamiento no realizado a tope, la cosa pintaba mal.
Pero estos chicos de Mou Vader nunca se rinden. Con su blanco impoluto, como si fueran Stormtroopers en La Guerra de las Galaxias, la entrada de Higuaín por Karim le cambió la cara al partido. El Pipa desperdició, como viene siendo habitual, una ocasión clara nada más salir, pero la Fuerza le acompañaba. La presencia del argentino provocó el terror en la retaguardia moscovita y en una jugada en la que recuperó en la presión el balón acabó en el Maestro Yedi. Y Cristiano no conoce el perdón: 0-1 tras un seco latigazo cruzado que fue determinante en otro muy buen partido del portugués.
El Madrid comenzó mandando en la segunda parte, dispuesto a sentenciar. Pero le duró poco el empuje, demasiado poco. Con Özil por fin apareciendo entre líneas, aunque muy desatinado, el fantástico trabajo defensivo de los blancos provocó el cerco a Chepchugov, aunque no había forma de aprovechar las contras en superioridad.
El CSKA decidió entonces de nuevo sacar la segadora y morir matando, convirtiendo el partido en una suerte de ruleta rusa pero sin balas: se intensificó la presión en el eje y el Madrid se desangraba en un mar de imprecisiones que impedían al equipo llegar a la meta contraria y tuvo que ponerse el mono de trabajo para tratar de defender un resultado fantástico y a depender en exceso de castigar con una contra o a balón parado la acometida rival: la tuvieron Ramos y Cristiano, por dos veces, pero no acertaron a llevar el balón a la red.
Con el colegiado empeñado en su concierto de pito, masacrando a los blancos a tarjetas igual de estúpidas que de injustas y dejando escapar sin la roja a un Wernbloom que dejó su impronta marcada en las tibias de todos los asistentes a Luzhniki, porque repartió más leña que un campamento maderero canadiense, el soberbio partido de Pepe parecía suficiente. Hasta que llegó ese último balón, al disfraz de lo lobo se le cayeron las orejas y Wernbloom aprovechó el regalo: un equipo en rodaje apretando al final y el Madrid reculando con el bofe fuera. Raro, pero justo por el mal juego blanco a partir del minuto 55. Aún así, los cuartos están más cerca, que a nadie se le olvide.
