15/09/2001
La mayoría de nuestros primeros clubes comenzaron a jugar vestidos de blanco. Al enfrentarse entre sí, para crear diferencias, se cruzaban bandas sobre el pecho de colores rojo y azul, bandas que continuamente se desprendían en el fragor de la lucha. Luego recurrieron al elemento femenino de la casa para que les confeccionasen camisas a base de dos piezas de distinto color. Azul y rojo, blanco y rojo, blanco y azul... Algunos privilegiados que viajaron a Inglaterra volvieron con juegos de camisetas futbolísticas y las adoptaron como propias.
Mucho más tarde intervino la literatura y con ella las narraciones de los orígenes de los clubes, la épica y la leyenda. Se inventaron situaciones sobre el uniforme pero que quedaban muy bonitas. El Corinthians no tuvo nada que ver con el blanco uniforme madridista, ni Blas Infante con el verdiblanco bético. La primera camiseta céltica fue roja, y no celeste. El Athletic se transformó en rojiblanco por puro azar, al dejar Juanito Elorduy para el último día la compra de las camisetas blanquiazules que llevaban desde 1902 y no encontrarlas. Algunos, ahora, retornan al desconocido origen.